Hay quien me quiere hacer creer que los seres que me acompañan en mis viajes diarios por el metro son seres humanos corrientes y molientes sin hábitos de higiene personal. Yo sé que no. Yo sé que son los conocidos seres extraños que habitan en los suburbanos. Y no es que no se duchen diariamente, es que ellos son así. Huelen así. A mezcla de Brummel y olor corporal de ser humano corriente y moliente.
A los seres extraños que habitan en los suburbanos lo que más les gusta es pisar los pies de los seres humanos pequeñitos. Es su peculiar manera de decir ¡Buenos días por la mañana! Igual sería mejor que sonriesen cortésmente o incluso que ofreciesen un zumo de naranja, pero las costumbres son las costumbres.
Por las tardes, en cambio, lo que más les gusta es apretujar a los seres humanos pequeñitos contra las barras de sujeción. Y dar codazos. Dar codazos les vuelve loquitos, ora con el derecho, ora con el izquierdo. Ellos ponen cara de serios, y dicen “disculpe” pero en el fondo se están mondando de la risa y por dentro están pensando “ahora con el izquierdo al calvo que acaba de entrar”. Y al calvo: “Disculpe”.
Los seres extraños, por las noches, sueñan con que exista un día, por fin, en que siempre sea hora punta.